Desde
que nació la ciencia moderna la humanidad ha vivido el compromiso de la
ciencia con la espiritualidad como el de dos importantes fuentes de
conocimiento y bienestar. A veces, la relación ha sido estrecha —una
especie de amistad— y otras,
gélida. En muchas ocasiones, ambas se han sentido incompatibles.
Actualmente,
en esta primera década del siglo XXI, la ciencia y la espiritualidad
tienen la posibilidad de encontrarse más cerca que nunca y de emprender
un esfuerzo en común para ayudar a la humanidad a enfrentarse a los
desafíos que se nos plantean. Estamos juntos en esto. Que cada uno de
nosotros, como miembro de la familia humana, responda a esta obligación
moral para que la colaboración sea posible.
Este es mi ruego, de todo corazón.
"El universo en un solo átomo" Dalái lama.
Mi primer contacto con el mundo del yoga tuvo lugar a través de mi madre, a mediados de los años ochenta, cuando para muchos era una práctica que casi asemejaban a la pertenencia a una secta. Recuerdo verla vestida de blanco, practicando posturas en el salón de casa, y a veces, incluso me llevaba con ella al lugar donde recibía las clases. Puede que en aquel momento no fuera consciente de ello, pero ahora tengo la certeza de que aquellos primeros contactos sembraron en mí una semilla que, con el tiempo, ha brotado de una forma maravillosa. Pasaron los años (más de los que me atrevo a confesar), y heme aquí que me aventuré a acercarme a una escuela de yoga ubicada cerca de casa. Siempre había sentido atracción hacia ese mundo, y todo lo que representaba. Me considero una persona espiritual, sensible a cuanto me rodea, y lo uno llevó a lo otro. Me apunté a las clases, y solo hizo falta una para darme cuenta de que había encontrado mi camino. Pienso que todo en mi vida me ha...
