Cómo tratar a los pensamientos.
Los principiantes, al no saber muy bien qué es la meditación, esperan una calma perfecta, totalmente libre de pensamientos. Tienen miedo de que aparezcan y, cuando surgen, se desaniman ante su incapacidad para meditar. Temer a los pensamientos, enfadarse o preocuparse por su aparición, creer en la ausencia de pensamientos es algo bueno en sí mismo, son errores que conducen a un estado de frustración y de culpabilidad inútil.
La mente de una persona que no medita, la de un princpiante y la de un buen meditador, están flanqueadas de pensamientos; pero la manera de abordarlos varía considerablemente de uno a otro.
Alguien que no practica la meditación es, en su relación con los pensamientos, comparable a un ciego cuyos ojos se dirigieran a una lejana autopista. El ciego es incapaz de ver si los coches pasan o no por la autopista. De la misma manera, la persona común y corriente, aunque experimenta un vago sentimiento de incomodidad y de malestar interior, no es en absoluto consciente del flujo de pensamientos que, sin embargo, se produde sin interrupción.
Cuando se empieza a meditar, se descubre que los ojos son para ver, pero uno desearía que ningún coche pasara por la carretera. Aparece un primer coche y nuestra esperanza queda decepcionada. Un segundo coche, nueva decepción. Un tercero, no enfadamos... etc. La cándidad esperanza de una autopista vacía se ve continuamente frustada. Uno se revuelve contra un estado de cosas inevitables. Cuando uno piensa que la meditación es como un espacio desprovisto de pensamientos, cada pensamiento, que aparece contradice con evidencia este esquema preconcebido y nos encontramos en una situación de fracaso permanente.
Cuando, por el contrario, uno ha comprendido bien en lo que consiste la meditación, ve desfilar los coches pero sin ningún rechazo, sin haber decidido que la autopista tenía que estar vacía. No se espera la ausencia de vehículos ni se asusta uno con su presencia. Los coches pasan y se les deja pasar, no son buenos ni malos. Si los pensamientos aparecen, se les deja pasar con neutralidad, sin aferrarse a ellos ni condenarlos; si no aparecen, tampoco tenemos que consideralo un motivo de satisfación particular. Una actitud sana ante los pensamientos da lugar a una buena meditación.
Las personas que comprenden mal la meditación creen que todos los pensamientos deben cesar. pero de hecho, no podemos establecernos en un estado sin pensamientos. El fruto de la meditacíón, no es la ausencia de pensamientos, sino el hecho de que los pensamientos dejen de hacernos daño. De enemigos pasan a ser amigos.
Una mala meditación, en general, viene de la negligencia en las prácticas preparatorias, pero también, cuando éstas se han realizado, de la no comprensión de la manera correcta de situar la mente.
Las personas tienen la mente perpetuamente distraída, dispersa. Por otra parte, cuando un medita, el obstáculo más grande viene de las producciones mentales sobreañadidas, de los comentarios sobre uno mismo y de las preconcepciones. La meditación auténtica evita tanto la distracción como las imputaciones mentales.
