El cuerpo en el que habito. 

Aprender a conocerse.
Muchos de nosotros tenemos el concepto de que nuestro cuerpo es una máquina que hay que someter, forzar o exprimir para sacar de él el mejor partido posible o para prolongar la vida. Y al hacer esto lo estamos negando.
Sí, negando todo su ser.
Porque nuestro cuerpo somos nosotros mismos. La cabeza no va por un lado - la mente o el alma - y el cuerpo por otro. Esta separación es inviable o ilusoria.
Los sufrimientos de nuestro cuerpo, los accidentes, las operaciones, las enfermedades, repercuten en nuestra psique, dejando sus marcas en el alma. Y a la inversa, todo lo que nos pasa en la vida queda inscrito en nuestro cuerpo. Pequeños y grandes sobresaltos emocionales, duelos, rupturas, abandonos, dejan su marca en nuestros músculos, en nuestra carne. Las presiones familiares, sociales o morales, dejan también su huella. Detrás de nuestros agarrotamientos y nuestras contracturas se esconden casi siempre estos sufrimientos pasados.
Los
músculos de nuestros ojos, de nuestras mandíbulas, de nuestro
diafragma, de nuestro sexo, de nuestras piernas, de nuestros pies, han
acusado todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso aquellas que
ya hemos olvidado, sobre todo aquellas que hemos olvidado hace mucho
tiempo.
El
sistema de defensa es casi siempre el mismo: los músculos se contraen y
se ponen rígidos para anestesiar el dolor, las emociones, los
sentimientos. Al recibir el golpe la protección es necesaria y bastante
eficaz. Pero a diferencia de los animales - que tienen el mismo sistema
de defensa- a nosotros seres humanos dotados de imaginación nos cuesta,
una vez que el peligro ha pasado, relajarnos del todo. Nosotros
mantenemos una actitud de prevención. Lo que nos ha ocurrido una vez
puede volver a ocurrrir; por lo tanto, mejor no bajar la guardia. Y de
este modo la rigidez se instala en nuestro cuerpo.
Aprender a conocerse.
Muchos de nosotros tenemos el concepto de que nuestro cuerpo es una máquina que hay que someter, forzar o exprimir para sacar de él el mejor partido posible o para prolongar la vida. Y al hacer esto lo estamos negando.
Porque nuestro cuerpo somos nosotros mismos. La cabeza no va por un lado - la mente o el alma - y el cuerpo por otro. Esta separación es inviable o ilusoria.
Los sufrimientos de nuestro cuerpo, los accidentes, las operaciones, las enfermedades, repercuten en nuestra psique, dejando sus marcas en el alma. Y a la inversa, todo lo que nos pasa en la vida queda inscrito en nuestro cuerpo. Pequeños y grandes sobresaltos emocionales, duelos, rupturas, abandonos, dejan su marca en nuestros músculos, en nuestra carne. Las presiones familiares, sociales o morales, dejan también su huella. Detrás de nuestros agarrotamientos y nuestras contracturas se esconden casi siempre estos sufrimientos pasados.
